miércoles, 18 de junio de 2014

Hombre de México poema de Aurora Reyes



Hombre de México
I
Algo oscuro ha pasado por el cielo de México.
Está herida la tierra
y en los labios del viento
silba el agudo filo de antigua profecía.
El horizonte ahoga un paisaje de alas
ceñido en ondulantes anillos de serpiente.
¡Águila deshojada!
Un sueño de poetas llora un sueño de héroes.
Algo ha sabido el agua de litorales libres;
la nave de la espuma
hace viajes de alarma entre azules y grises.
Inmóviles metales conspiran en la sombra.
Batallones de árboles manifiestan sus brazos.
La noche vigilante se apresta para el alba.
¿En dónde estás creciendo, silencioso gigante?
¿Qué paisaje florece distancia en tu mirada?
¿Qué sombras te transitan? ¿Qué verdades te hablan?
Nutrido de hambres públicas,
de olvidos de ceniza,
de espinas colectivas,
de muchedumbres-lágrimas.
¡Ya levántate y surge!
Ya congrega y trasciende
esta imposible angustia panorámica.
Múltiple voz eleva sus hojas verticales
clamando por el fruto maduro de tu frente.

¡Desolada bandera! Otra vez Patria suave...
Ya vienen otra vez los mercaderes.
II
Ya vienen a llevarse tu riqueza,
tus cándidos tesoros,
tu color solferino,
tu morado rabioso
y únicos en el mundo, los ojos de tus niños
Ven a cumplir tu entero destino, sombra clara;
te invocamos anónimo y auténtico,
hermano sin ayer y sin mañana.
¡Ven a morirte, Hombre de México!
Te espera la impaciencia,
los encuentros te buscan,
arden las multitudes,
se queman las palabras.
Surge ya, ¡capitán de la angustia!
Te llama la voz verde de las cañas.
IV
Por este barro en marcha que somos,
por el amor del agua,
por la muerte del árbol inocente
y su cosecha trágica.
Por tu serena dignidad de cacto
erguido en los desiertos de la sed,
tu corazón de tuna colorada,
y tu canción de miel.
Por el incomprendido desorden de tus sueños
allí, de donde parten los caminos de sal,
por la lluvia vendida,
por el pan traicionado,
por los ojos nocturnos del jacal.
Por el sol,
por la nube,
por la flor,
por la palabra “Tierra”,
por la voz “Libertad”,
por los dioses de elote del cañaveral.
V
México, abre los brazos, ¡crécelos!
–mar que has purificado los ríos de otras aguas–
acoge nuestra voz.
¡Recíbela! ¡Levántala!
Y coloca tu cifra de justicia
en el cielo más alto del amor.
Abre tu antiguo rostro golpeado de infinito,
el volcán de tu entraña,
tu potencia de abismo azul.
Alcanza los contornos morenos de la raza,
desnuda las tinieblas,
multiplica las flechas de la luz.
Crece los brazos, ¡crécelos más!
Y en un himno de cumbres liberadas que crispe el huracán,
irrumpan el espacio de la Indoamérica
las palomas de azúcar de la paz.


(Humanos paisajes, 1953).

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